Eslovenia en tres estampas: Liubliana, Bled y Piran

Totalmente montañés y natural, el país de la antigua Yugoslavia mejor adaptado a la Unión Europea sorprende por su combinación de densos bosques alpinos e impactantes cuerpos de agua a orillas del mar Adriático.

Por Jesús Catalán Meneses

Eslovenia representa la oportunidad más cómoda en Europa de internarse en una cultura insólita. Numerosos elementos de ensueño que el viajero persigue están presentes junto con su vegetación: la cualidad pintoresca de sus ciudades, los vestigios de antiguas —y hoy reinventadas— identidades yugoslavas, la relativa ausencia de turistas, el idioma ajeno, la cerveza dorada y magnífica, la impactante belleza física de sus locales y, desde luego, los lagos, bosques, cascadas y montañas que dan la impresión de ser poco explorados.
El joven y verde país es el primero de la región en adoptar el euro, una cualidad que acerca en practicidad al visitante a sus experiencias inigualables. En estrecha proximidad cultural con los nuevos valores y aspiraciones del continente, particularmente con Italia por razones geográficas evidentes, pero sin perder su identidad impasible, su éxito como el nuevo alumno brillante —pequeño pero muy destacado— de la Unión Europea es palpable.
La potencia de su bella naturaleza sobre el mosaico cultural tan particular que siempre ofrecen estos países, mezcla de tradiciones y modernidad, hacen de esta tierra una perfecta solución para el viajero culto amante de paisajes montañosos casi vírgenes rodeados de agua, así como del buscador de experiencias deportivas novedosas. En la población eslovena este último encontrará a sus iguales: quizá sea el país del mundo en el que más manifiesto está el gusto de jóvenes y viejos por ejercitarse.


LIUBLIANA: la ciudad de los dragones
El punto de partida que debes elegir es su capital: «la bien amada» Liubliana, a la que se accede fácilmente por aire desde prácticamente cualquier punto de Europa. Desde aquí, el tamaño del país permite desplazamientos de uno o varios días hacia el bosque o hacia el mar.
Todo debe iniciar en el Puente del Dragón, ícono omnipresente de la capital cuya fotografía resulta imprescindible. Atravesando el mercado al aire libre —entre manojos de zanahorias y montes bien armados de coles, lechugas y duraznos— hacia la catedral de San Nicolás, con su ubicua cúpula del mismo tono verde aturquesado que la piel de los dragones en los puentes. Pasa por la antigua panadería Pecjak para que pruebes un buen burek, el estandarte de la bollería de los Balcanes (una espiral de pasta filo rellena de queso blanco) aún tibio, recién salido del horno, junto con un café.
El resto de la jornada puede aprovecharse paseando a orillas del río Ljubljanica, cuya quietud genera una postal cada tantos pasos ante el reflejo en espejo de una nueva iglesia, café o estatua de colores. Conforme la ciudad despierta, las cervecerías junto al río ofrecen jamón crudo de Kras —orgullo esloveno por incorporar a su proceso sólo sal de mar de las bellas costas nacionales— junto con el principal dilema del país: Unión o Lasko, dos casas cerveceras rivales con productos de similar excelencia, que deben ser descubiertas por el visitante junto con la mística y representación social que se ha generado cada una.


Será fácil perderse entre artesanías de madera labrada o pinturas: mientras no salga de la vista el río, ha de buscarse converger en dos sitios imperdibles. El más evidente es el Castillo de Liubliana, que siempre es mejor alcanzar a pie por senderos llenos de árboles si el tiempo acompaña, pero resulta accesible fácil y rápidamente por funicular. En perpetua reconstrucción, lo más impresionante es la vista en la cima de su torre, desde donde se hace evidente la gran cantidad de amplios parques y pastizales por disfrutar en la ciudad, preferentemente con un picnic.
El otro es la famosa estatua del poeta nacional Franz Prešeren, el punto de encuentro de los liublianeses, desde donde puede verse la pintoresca Iglesia de la Anunciación, característica por el color coral de su fachada barroca y balcánica, y cuyo interior bien vale una visita para disfrutar sus pinturas sacras. También desde aquí es visible y accesible el curioso Puente Triple sobre el río, que hace honor a su nombre en un nudo de tres plataformas, símbolo de la conexión de los mundos que habitan Liubliana.
Para coronar la tarde, la particular piscina negra en el piso 18 del Hotel Intercontinental —de reciente apertura y el más alto de la ciudad— permite observar desde el agua la vista de los Alpes y espacios verdes mezclados con lo urbano. Aún más si es después de un buen masaje y antes de una excelente cena en su espectacular Restaurant B, cuyo concepto retoma la iconografía de las abejas (por su nombre en inglés «Bee») para aludir a la miel Carniola, de renombre mundial por su gran pureza y tradición de extracción exclusiva de Eslovenia. Acá se sirven especialidades mediterráneas y locales ante la misma vista regia de Liubliana.


BLED: la estampa de los Balcanes
El camino hacia Bled (unos 40 minutos en auto desde Liulbliana) resulta —como la mayoría de las veredas en Eslovenia— un placer visual por la riqueza de sus montañas florecientes. Si bien es fácil y agradable distraerse mientras se viaja hacia la más gratificante de sus experiencias, ha de cuidarse especialmente la hidratación y la nutrición matutina por el reto físico moderado que representa.
La mejor recomendación es llegar lo más temprano posible al lago y antes de zambullirse, tomar perspectiva tras de un poco de senderismo en cualquiera de los montes adyacentes a la alberca natural más famosa de Eslovenia. Desde lo alto, el paisaje de capas sucesivas de colores corta la respiración: en primer plano, una oleada de verde rebosante de pinos y coníferas enmarca el paisaje. En el siguiente, el agua azul turquesa del lago es perforada al centro por una pequeña isla que alberga una torre gótica. Un plano más para apreciar los Alpes, picos y montañas que dibujan la silueta de un paisaje de fábula que encima contiene un castillo que desde ahí es aparentemente diminuto. Al final, el cielo azul, con su sólidas nubes blancas, cierra la perfección de la estampa del imponente Bled.
Conforme avanza el día, comienza a notarse el hormigueo de los visitantes en pequeñas barcas de madera, paddle boards o a nado limpio. Si bien ya es una atracción mundial, aún es un foco de convergencia principal de los eslovenos, un pueblo joven (la media de edad es de 43 años) y familiar con el que se puede intercambiar fácilmente a partir de su espontaneidad natural y de la creciente expansión del inglés.
Una vez arriba de la tabla de paddle, tras un breve entrenamiento para aprender a ponerse de pie, toma pocos segundos el acostumbrarse al ritmo del remo para mantener el equilibrio y avanzar a placer por el que sin duda es el cuerpo de agua más bello de los Balcanes (y quizá de toda Europa). En círculos concéntricos, es posible acercarse al castillo y admirarlo de cerca, distinguir cabañas y flores hacia el frente y peces hacia abajo. Si se reserva con la empresa adecuada, un instructor se preocupará de tomar fotos del trayecto para que el paddle boarder se deje llevar por la emoción del agua azul sin pensar en el peligro de dejar caer un smartphone con el álbum de fotos del viaje.
Eventualmente se choca con la isla central, cuya escalinata hay que subir para acceder a una iglesia cristiana construida sobre el antiguo templo pagano de la diosa Živa, que evocaba la fertilidad y la vida tan evidentes y abundantes en este sitio. Dentro de la capilla, hoy dedicada a la virgen María, se hace sonar a través de una gruesa cuerda que pende del techo una gran campana que pareciera repicar sin pausa por todo Bled, para invocar a la buena suerte según la costumbre local.


Antes de abandonar la isla para regalarse otra sesión de relajante paddle board sobre el lago, las fotografías de rosales colmados de botones y arbustos llenos de flores de colores que dan hacia el agua cristalina son imprescindibles. No se debe tampoco partir de Bled sin probar su especialidad repostera, vasta y contundente: el kremšnita, una torre de crema pastelera sobre un delgado hojaldre, coronada con crema blanca y mucho azúcar.
Al regreso a Liubliana, la gastronomía eslovena refinada espera en una recreación de las tabernas yugoslavas de antaño: Gostilna Šestica, el restaurante más antiguo del país. Los hongos, cuya variación depende de la temporada, deben probarse en sopa servida dentro de un gran pan redondo, o acompañando medallones de carne de ternera y rollos de requesón clásicos de Eslovenia. La conclusión debe siempre incluir el postre nacional: un rollo de nuez cortado transversalmente que revela un inequívoco veteado dulce llamado potica.


PIRAN: la vista desde el principio del Adriático
Otra gran idea es desplazarse desde Liubliana hacia el pequeño litoral esloveno, hasta la encantadora ciudad con aires de pueblo pesquero Piran, o Pirano en italiano, una lengua que se escucha entre sus calles con la misma frecuencia que el esloveno o el inglés. Su nombre, sin embargo, viene del griego «Pyr» que significa fuego, un buen testimonio nominal de la convergencia de decenas de culturas alrededor del mar a lo largo de la historia.
La cautivadora Plaza Tartini es distintiva de Piran por la secuencia de fachadas de casitas en colores pastel. Paredes en rosa tenue, verde pistache, amarillo paja y melón se toman de la mano para rodear la estatua verde del músico que da nombre a la plaza, que con un aire a Mozart se inclina melódico como saludando al visitante.
Es importante devolverle la reverencia sin dejar de apreciar el aroma a sal y a yodo: el océano está a escasos metros. Alrededor de la plaza, las callejuelas igual recuerdan a Venecia que a Vie- na, siempre bajo un sol que abrasa, con lo cual la mejor idea es aprovecharse de la primera sombra en la mesa de cualquier pizzería y remontarse a Nápoles ante la autenticidad de la receta.
Si el tiempo acompaña, además de los paseos en bicicleta por la ciudad está la deliciosa posibilidad de rentar un barco local para recorrer la costa eslovena contando a bordo con un chef cocinero que puede asar a la plancha el pescado recolectado un par de minutos antes y ofrecer —junto con una copa fresca de vino blanco Chablis— un inolvidable almuerzo con vista a Piran o a Koper, otra muy pequeña ciudad con un palacio gótico de estilo veneciano (la proximidad con Italia es sobrecogedora) por la que se puede pasear antes de volver.
Piran basta en cualquier caso para quedarse en tierra y broncearse bajo una roca junto al mar, al lado de visitantes italianos, austriacos y eslovenos. El paseo en la ciudad deberá eventualmente desembocar en la Iglesia de San Jorge, cuya torre ofrece la vista más elevada hacia el hermoso Adriático, precedido por decenas de tejados naranjas y salpicado por hermosos veleros que se pierden al horizonte, especialmente durante la puesta de sol, cuando el cielo estalla en tonalidades violetas y amarillas, una fotografía que bien pareciera haberse tomado desde las alturas.

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